17 Octubre 2014

Brunet, Donoso y Eltit: ¿qué tienen en común estos escritores chilenos?, ¿qué reservorios simbólicos traen sus escenarios narrativos? El libro Ficciones del muro (Cuarto Propio: 2014) de Eugenia Brito (1950), indaga en la casa como espacio material y simbólico del imaginario social chileno, “un mapa de las historias geográficas y sociales, en toda la producción de la novela poscolonial” (2014: 15).

Porque la literatura no es un campo autónomo de producción estética. Todo lo contrario: está situada socialmente, como dijera Mijaíl Bajtín. A través de recursos teóricos tan variados como la teoría de la comunicación, el análisis semiológico y autores como Derrida, Foucault y Bhabha, el ensayo de Brito transita entre los intersticios de estos autores y sus obras (tan variadas como novelas o cuentos) para develar los entrecruces, las fantasmagorías, el espacio vivencial donde se afinca la narrativa de nuestro país.

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Brito comienza su ensayo con Marta Brunet para dialogar con aquel territorio en disputa, tensión entre el imaginario de lo femenino y los valores hegemónicos de la sociedad masculina. Es –en propiedad– un “territorio de género”, un “espacio en el que se puede realizar una lectura analítica de la relación género y poder” (2014: 45). Siguiendo la operatoria foucaultiana, Brito reconoce en Brunet la condición tópica/ heterotópica del espacio imaginado en una doble condición: lo propio (tópico) se asocia a la hacienda (como espacio de reproducción social y protección familiar), y al patrón (logos). En cambio, lo ajeno, lo peligroso, el lugar donde arrecia la barbarie se relaciona con la naturaleza y la mujer (resistencia, phatos). Dice Brito:

La casa de esta pareja joven en su ubicación geográfica demarca una política de ocupación de la tierra correspondiente al estado de cuasi “encomienda” que le designa el patrón, situación afín a la posición social que denuncia Brunet y que delata, con la agudeza propia de la autora, la explotación latifundista y la dominación casi absoluta del dueño de las tierras (2014: 28).

Desde ahí, despliega una retórica argumental que precisamente busca enaltecer la subversión desde el cuerpo femenino, una ofensiva del significante contra aquel orden de lo sensible, dispuesto por la sociedad patriarcal: el hombre como primado del mundo, condición castradora de lo natural. El hombre narrado como metonimia del imaginario cultural hegemónico, se moviliza desde la carencia, desajustado del canon tradicional que le ha asignado la afrenta logocéntrica (homosexual reprimido, pulsional impúdico o incestuoso represivo).

En este sentido, la violencia es propiamente un ejercicio de lo político, toda vez que recusa aquel imaginario hegemónico: Eufrasia (protagonista de Piedra Tallada) “asesina” y Batilde (personaje central de la novela Humo hacia el sur) “se suicida” e “incendia”. O sea, la mujer (naturaleza) indisciplinándose y subvirtiendo lo propiamente masculino (logos, hacienda).

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El ensayo continúa con la narrativa de José Donoso. Según Brito, El lugar sin límites traza “una frontera subversiva”, anómala, donde se confunden los puntos de referencia tradicionales, hacia una ilimitación de los cuerpos –antes débiles e invisibilizados por el discurso del orden– como historia material y política. Retomando los aportes de Jacques Derrida, la casa “donosiana” presenta la supresión del binomio masculino-femenino, mezclándose “en un solo cuerpo, infernal y dionisiaco, abriendo el signo que divide lo real y lo posible, la unicidad y la multiplicidad para generar un tejido poroso en el que tiembla, muy brevemente, el universo abierto entre ellos” (2014:51).

El cuerpo travesti (en el personaje de la Manuela) es el índice que porfía en la subversión del canon burgués, desplegándose desde un espacio que descentra identidades, géneros y clases (el prostíbulo como la “casa”, el refugio de lo marginal como significante) frente a la modernidad que lo amenaza transformar en arqueología de un deseo, huella de una memoria tránsfuga.

De la misma forma, en El obsceno pájaro de la noche, la casa es un laberinto, nunca acabado, en los bordes del realismo, donde Donoso “ensaya una trenza de códigos que, provenientes de espacios y tiempos diferentes, se entrelazan en una zona única: la palabra y sus márgenes” (2014: 72). Esto es, a juicio de Brito, la lectura crítica de la familia como estructura de poder a partir de un narrador desplegado desde la incerteza (el Mudo).

En Donoso, las identidades fluctúan y “abren un multitexto”, desde donde emerge la monstruoso, suspendiendo el logos. Al igual que Brunet, la casa “donosiana” es el escenario de una disputa: lo natural, lo anómalo, lo peligroso (heterotópico) asociado al mundo subalterno, condenado a la soledad y el enclaustramiento, se opone a lo bello, seguro, eurocéntrico (tópico) de la clases altas y medias.

Por otro lado, el cuerpo aparece mutado desde el imaginario tradicional, permitiendo una lectura “otra”, que disloca la certeza narrativa: el laberinto, también, en la experiencia del lector ante un narrador “mentiroso”, profundamente “domesticado”, logrando así, como operación textual, “matar” al narrador demiurgo. Entonces, no solo hay una política desde el adentro del relato, también, desde su afuera: averiar el reparto de lo sensible. Dice Brito:

La delirante figura zigzaguea y se pierde dentro de su laberinto corpóreo: más allá de él (narrador), el texto se descentra y ubica a todas sus figuras en un mismo nivel, en el cual todas ellas tienen un poder, en el que no cabe la autoridad patriarcal del sujeto (2014: 91).

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Brito finaliza con Diamela Eltit, no solamente por ser su contemporánea: es el último movimiento del ensayo, donde precisamente hace referencia al contexto social de las últimas décadas en Chile, en específico, el posgolpe de Estado (Por la patria) y la posdictadura (El cuarto mundo).

En Por la patria, Eltit construye, desde la trasgresión y la anarquía, la crítica a la institución social como normalización (familia, discursos y saberes), “un escenario que detona la pulsión de la muerte y que afiliado esa pulsión resemantiza el silencio como margen, como herida y duelo, pero también como el lapso necesario para repensar y retramar la relación necesaria con el cuerpo y la palabra” (2014: 109).

La casa eltiana, por tanto, es la metáfora de la ruina, el desmoronamiento de un país en su degradación moral. Pero con el cuerpo, emerge la memoria y la lengua como estrategia de transgresión y reparación histórica. El sistema lingüístico es también código de resistencia. A diferencia de la narrativa de Donoso, para Brito, la comunidad oprimida se constituye en tanto habla (desde donde se habla): ya no en plural (lo subalterno como anomalía, la emergencia de lo monstruoso), sino como un lugar de enunciación, femenino, fragmentario, rizomático, “portador de un nuevo orden simbólico que repare la patria” (2014: 123).

En el libro El cuarto mundo, en cambio, el acento narrativo se orienta “hacia los espacios más íntimos de la familia como una cédula política pero también como núcleo corroído por el poder dominante” (2014: 130). Tal como declara Brito, este libro abre “un nuevo espacio textual” signado por “el mundo preedípico, inasible por medio del lenguaje” (2014: 131). El incesto entre dos mellizos en el vientre materno, la indivisión como huella de un deseo es la entrada al fin de una era y el comienzo de otra: el fin de la modernidad –como consecuencia del fin de los metarrelatos– y el comienzo de la posmodernidad, donde el neoliberalismo es el epicentro de un nuevo orden social.

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En definitiva, estos tres movimientos en Ficciones del muro de Eugenia Brito coinciden en una lectura crítica de la relación entre corporalidad y literatura. La política textual que subyace como análisis y como estrategia, permite contrastar los imaginarios, las propuestas de sentido, los silenciamientos, las porfías que se cruzan –no sin cierta violencia– en los modos de pensar Chile como relato.

Reseña de Francisco Marín Naritelli