"Vivo poéticamente pero no habito en el mercado de la poesía". Entrevista con Juan Balbontín.

  • Martes, 08 Septiembre 2015 16:09
  • Publicado en Columnas

Juan Balbontín: “Yo vivo poéticamente pero no habito en el mercado de la poesía”. Entrevista, texto y fotos de Daniel Rozas R. sobre una idea de Patricia Espinosa.

Entrevista publicada originalmente en la revista electrónica “Lo que leímos

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Juan Balbontín (1953) es una leyenda oculta de la literatura chilena. Un eslabón perdido entre la Escena de Avanzada y el grupo de la “Unión Chica”. Autor de una sola novela, El Paradero, texto cifrado que describe con precisión quirúrgica la atmósfera represiva del toque de queda y la “baja voz” que se respiraba en los días posteriores al Golpe de Estado de 1973, el libro fue publicado en 1989 con prólogo de Raúl Zurita, epílogo de Diamela Eltit, un texto de Eugenia Brito, y tuvo un tiraje de quinientos ejemplares financiado por un grupo de ochenta amigos. “80 amigos a los cuales doy públicas gracias”. Como editor aparece Jaime Ruiz y el volumen está dedicado: “A mi hijo, Rodrigo Augusto nacido el dos de septiembre de 1973”.

Según el poeta, narrador y dramaturgo osornino Mauricio Otero, El Paradero prefigura en gran medida la obra narrativa de Diamela Eltit.
Al día de hoy, la fotocopia del libro circula de mano en mano entre estudiosos de literatura como un manuscrito en clave arrojado desde el pasado para entender las heridas que aún nos persiguen. En la portada de El Paradero, se exhibe una ominosa y fantasmagórica imagen de La Moneda en blanco y negro.
Balbontín estudió en el mítico Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile donde tuvo como profesores a Nicanor Parra, Enrique Lihn y Ronald Kay, entre otras luminarias de la época, y formó parte del nacimiento del colectivo CADA (Colectivo de Acciones de Arte) que agrupó a artistas tan disímiles como Fernando Balcells, Lotty Rosenfeld, Juan Castillo y Carlos Leppe, aparte de sus amigos Zurita y Eltit con los cuales compartía casa.
Los integrantes del CADA ejercían en las calles de Santiago acciones poéticas de intervención urbana como formas de rechazo y cuestionamiento a la vida en dictadura.
Tras el Golpe de Estado fue detenido en la Universidad de Chile lo que lo llevó a alejarse de la Escena de Avanzada (grupo heterogéneo de artistas que buscaban innovar en los discursos artísticos chilenos) y refugiarse en el grupo de la “Unión Chica” —ubicada en la calle Nueva York 11— que era presidido por Jorge Teillier y que era integrado por artistas y poetas como Rolando Cárdenas, Germán Arestizabal, Eduardo Chico Molina, Iván Teillier, Jonás, Aristóteles España, Álvaro Ruiz, y Ramón Díaz Eterovic, entre muchos otros nombres ilustres.
Siempre en el ojo del huracán pero en calidad de testigo, Balbontín quedó desgarrado emocionalmente por la dictadura, y se cayó a la botella como gran parte de esa generación de escritores.
El 79 Balbontín perdió definitivamente la fe en la literatura, y volvió a su natal Osorno donde actualmente se gana la vida vendiendo frutos secos y repartiendo quesos con poemas.
Desaparecido, y convertido en un mito viviente de las letras chilenas, esta es la primera entrevista que Balbontín da en cuatro décadas.

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Es un gélido y borrascoso día de agosto en el pasaje Blest Gana de la ciudad de Osorno, y por las calles aledañas no se ve un alma. Son pasadas las siete de la tarde y ya casi anochece cuando Juan Balbontín abre la puerta de su casa donde vive solo. Viste doble camisa y una parka gris que cubre parte de un grueso pantalón de cotelé que termina en unos zapatones para combatir el invierno. Balbontín tiene el pelo color blanco ceniza con ribetes oscuros a la altura del cuello, y su bigote negro le otorga un aire de profesor normalista jubilado. El autor de El Paradero toma mate para entrar en calor y fuma un cigarro tras otro. Su conversación es pausada y con un dejo melancólico, midiendo el peso de cada palabra, como si el ejercicio de recordar el pasado fuera una sesión de exorcismo convocada por el mismísimo demonio.

“Yo viví en la calle Lincoyán 509 con Raúl Zurita y Diamela Eltit. Lo que pasa es que yo andaba de vago porque había dejado de estudiar. A mí me superó el Golpe. Y El Paradero me dejó parado. Por eso concordaba con la Dánisa Retamal Eltit —que tenía nueve años— cuando me decía: “¡Pucha, Juan, lo que hace mi papá sí que sirve!”. Porque su papá fabricaba zapatos. —“¡Pero mira a Raúl, pasa escribiendo páginas y páginas que después bota y no sirven de nada!”.

¿Y cómo era Zurita en esa época?

Raúl siempre buscó intervenir su propio soma. Recuerdo cuando se quemó la mejilla, y una de las cosas que me decía era de que le hubiese gustado tomar hormonas para engordar y adelgazar a gusto, y otras de sus voladas era castrarse y ser cantante femenino. Él siempre fue volado sin fumar nada y ebrio sin tomar. Algo somático. Por eso su poesía es como es. Raúl padecía en esa época unos dolores de cabeza terribles donde tenía que cerrar las cortinas y se amarraba la cabeza como en los chistes de Condorito, y no le hacían caso las pastillas. Éramos bien pobres en ese tiempo. Él vendía libros, mejor dicho robaba libros y después los vendía, y siempre fue la Diamela la única que trabajaba”.

“Diamela Eltit publicó Lumpérica en 1983 bajo la sombra de Raúl Zurita —que ya se había hecho un nombre en la literatura chilena con Purgatorio (1979)— y debe haber sido difícil para ella consolidar su obra bajo las condiciones de la época, y sobre todo tomando en cuenta el trabajo de profesora que desarrollaba. Es decir, ella no se dedicaba con exclusividad al arte”.

“La Diamela es de una voluntad tremenda —dice Balbontín—. Yo tenía mi obra durmiendo y ella hizo un ensayo inicial con los manuscritos de El Paradero. Recuerdo que me dijo que se los pasara y me empujó a que terminara de trabajar. Ella lo fraccionó, lo cambió de posición, y como que se le calentaron las manos. Cuando vivimos juntos, ella me dijo que se iba a poner a escribir, y me devolvió los manuscritos, y yo se lo agradecí por todo el trabajo que ella hizo desarmando el texto con una maquina eléctrica, y me dijo que iba a comenzar a escribir todos los días. Desde las dos a las cuatro: “Y si estos cabros de mierda se sacan los ojos, los llevas tú al hospital, Juan. Porque yo no voy a salir”. Y lo hizo. Se puso a escribir a escribir y escribir y vino Lumpérica y Por la Patria y toda su obra posterior. Ella es de una voluntad terrible”.

En el libro Filtraciones 1 de Federico Galende, Diamela Eltit dice lo siguiente: “Tenía aquel amigo que publicó un solo libro, Juan Balbontín. Publicó una novela que se llamaba El Paradero y teníamos un diálogo muy intenso. Y pese a que teníamos diferencias mirábamos hacia el mismo lado”. ¿Usted está de acuerdo?

Es cierto eso. Pero yo ya no estaba cuando la Diamela hizo sus trabajos en la calle Maipú. Bueno, esa fue una idea mía. Yo los llevé a Maipú, con esas ideas de intervenir la calle, pero no me dio el culo para hacerlo. Por eso encuentro una maravilla todo lo que hicieron estos del grupo CADA. Por ejemplo, cuando repartieron las bolsas con medio litro de leche en camiones por las poblaciones. Ahí yo creo que fue fundamental el apoyo de la Lotty Rosenfeld porque ella les dio el empuje para que pudieran materializar sus sueños. Y esos sueños yo los compartía y estuve en el preámbulo, pero ellos lo efectuaron y esa fue la gran gracia. Porque fueron temerarios.

Juan Balbontín se refiere a la primera acción del grupo CADA, «Para no morir de hambre en el arte», cuando se entregaron cien bolsas de medio litro de leche. La intervención artística hacía directa referencia a la medida tomada por Salvador Allende en relación a la garantía de leche diaria para los niños chilenos.

 

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Empieza a caer la nieve
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En lo alto de un hospital abandonado que según Mauricio Otero “es el laberinto de la cabeza de Juan”, Balbontín se detiene a descansar tras subir las largas escaleras que llevan marcadas El Padre Nuestro en varias lenguas. El edificio está abandonado en el medio de una pradera a la altura de Pilauco, y desde su techo se puede apreciar una panorámica impresionante de la ciudad de Osorno. A pesar de ser una construcción que sirve de refugio para delincuentes y que acumula escombros y latas de cervezas vacías, el escritor asegura sentirse a gusto en el lugar debido al aire frío que traen las rachas de viento que cruzan sus pabellones abiertos y limpian todo. “Y tanta lluvia que cae” dice. Y se larga a recitar de memoria un poema de Nicanor Parra:

«Empieza a caer otro poco de nieve/Como si fuera poca/ Toda la nieve que ha caído en Rusia/ Desde que el joven Pushkin/ Asesinado por orden del zar/En las afueras de San Petersburgo /Se despidió de la vida /con estas inolvidables palabras: Empieza a caer otro poco de nieve».

“Nicanor Parra fue mi profesor. Por esa época habían quemado una carpa de unos actores que representaban unos poemas de Nicanor, y él estaba muy asustado porque la izquierda lo había tachado por el famoso té con la Patty Nixon, y la dictadura le había ofrecido la rectoría del pedagógico, y él la había rechazado, entonces tenía miedo de los dos lados. No era muy aceptado por la izquierda y se había puesto en contra de la derecha”.

“Recuerdo que la primera clase que nos hizo de taller literario llegó con una maleta de cartón piedra y después de una hora de quejarse por las críticas que habían hecho de su primer libro Cancionero sin Nombre nos invitó a un boliche en Avenida España y se puso con las ocho primeras botellas de vino. «¿Terminemos la clase en otra parte? », preguntó. Y ahí nos fuimos un grupo a su casa de La Reina y yo terminé durmiendo en el sillón de su biblioteca. La mañana siguiente llegó su mujer y me preguntó: ¿Y el Nicanor? ¡Qué voy a saber yo, si esta es su casa! Y al ratito llegó Parra con una botella de vino blanco y unas castañas y nos fuimos a un fogón donde me contó una historia que nunca se me olvidó. «Aquí estuvo la Viola el día antes que se matara. Vino con unos folcloristas que me querían conocer y me trajo unos patos vivos de regalo. Y yo los solté. Y la Viola me dijo: —Nicanor, se te van a ir. —No importa dije, volverán. Y claro los patos se fueron y nosotros seguimos entonando y la Viola me dice te voy a regalar la última canción, y me canta Un domingo en el Cielo. ¡Y los patos volvieron, Juan! Sabían lo que la Viola iba a hacer al otro día»”.

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Una Isla Extraña

Ya que hablamos de Nicanor Parra me podría contar sobre su experiencia en el famoso Departamento de Estudios Humanísticos.

Egresé el año 70 del liceo de Osorno siendo militante del MIR. Había postulado a estudiar castellano en Valdivia pero el MIR me pidió que me quedara. Pero el año 1971 me expulsaron del MIR, y como el MIR había sido como un sacerdocio para mí, me quedé de golpe sin amigos; porque fui excomulgado y pasé de ser dirigente estudiantil a ser un don nadie. Yo estaba proscrito para los militantes. Entonces me quedé muy solo pero seguí adelante como ayudante en un curso de Filosofía General. Y mi profesor de Filosofía, Julio Venegas, que era de Lautaro y amigo de Jorge Teillier, vio el aviso del cupo que se abrió en 1973 de esta licenciatura que era la ampliación de un departamento de humanidades que estaba en Ingeniería de la Universidad de Chile en Santiago. Allá llegamos diez alumnos por especialidad. La experiencia fue muy interesante porque era una isla extraña. Era un golpe dentro del golpe. Leíamos a Karl Marx con Ronald Kay como textos de apoyo para analizar a Walter Benjamin y nos pegábamos las tremendas voladas con Antonin Artaud. Pero a mí el año 1974 me detuvieron en Santiago. Y yo esperé la detención en vez de irme. Estuve preso cerca de cincuenta días y me hicieron un recorrido por los cerros de Chena para después derivarme a la Cárcel Pública donde estuve una semana. Luego me fui en comisión a Concepción, y de ahí a Valdivia, esposado arriba de un tren, y de Valdivia a Osorno donde me fue a buscar mi padre con un gendarme en auto. Yo creo que esa experiencia me fracturó completamente. Y todo esto pasó cuando apenas iba en segundo año y seguí estudiando hasta 1975 pero ya yendo muy poco. Y ahí comencé a escribir El Paradero y me quedé en el paradero nomás.

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El Paradero

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¿Qué visión intentó plantear con su novela El Paradero?

Yo me crié en un mundo semi feudal donde la tradición oral era importantísima, y esa tradición narrativa cargada de historia me llevó a buscar un juego de negación del acontecimiento. Esa búsqueda fue El Paradero. Y no sé, yo creo que me quedé en la opacidad que nos vino con el Golpe. Antes el mundo si bien era mucho más pobre había mucho más brillo, y después se puso opaco. Y esa opacidad es lo que creo que logro con El Paradero. Una foto simplemente.

“De alguna manera intenté hacer más concisa la palabra dándose vuelta sobre sí misma pero ese movimiento reflejaba el estancamiento en el que estábamos inmersos. Y buscando. En El Paradero narro un tipo que cree encontrar en el desplazamiento de la ciudad algo; y ese algo no lo encontrará nunca. Queda ahí nomás. No encuentra absolutamente nada. Es como un desaliento”.

¿En El Paradero, la idea de la espera está asociada con la esperanza, con algún tipo de utopía?

Sí. Es la utopía que no muere. Es pura espera. No hay un resultado. Es esperar y el protagonista pierda esa espera. Él tenía que quedarse eternamente ahí.

Hay elementos del libro que podrían ser tomados como un símbolo de la época: partiendo por la portada; el no dar un nombre al personaje con la clandestinidad; o las doce de la noche con el toque de queda. ¿Era su intención retratar de alguna manera esa realidad?

Sin duda. Una manera tímida de ponerlo, de hacerlo presente.

¿Tuvo algún sesgo de autocensura al escribirlo?

Estábamos llenos de autocensura. El texto es autocensurado, la realidad que vivíamos era sin acontecimientos. Las tachaduras son autocensuras. Es pura censura.

Mauricio Otero, poeta y amigo de Balbontín asegura que: “Juan merece un reconocimiento porque El Paradero fue una obra pionera. En Chile yo no conozco texto más hermético y fundacional a la vez. Y sé de buena fuente que Diamela Eltit se basó en El Paradero para escribir sus novelas. Además ellos vivían juntos, escribían, y compartían una gran amistad”.

Juan Balbontín recuerda que en el período en que escribió El Paradero llevó el manuscrito a la Universidad Católica de Valparaíso. “Y la aprobaron en un primer momento pero tenía que esperar mucho tiempo porque en esa época no se editaba casi nada, y después estuve haciendo un trabajo y un día la fui a buscar y me la traje y se quedó durmiendo. A tal punto que yo pensé que no iba a salir nunca publicada. Le seguí manteniendo un cariño al texto y después de diez años decidí publicarlo. Y corregí muy poco porque ya estaba listo el año 76”.

En una conversación con su amiga Constanza Ávila, Juan Balbontín relataba que El Paradero fue escrito entre el 74 y el 78, con un período más intenso de escritura entre el 74 y el 75, pero que volvía a corregir y a darle vueltas. “El Paradero llegó a ser alguna vez como 200 hojas”.

Juan Balbontín cuenta que su publicación: “Fue una demencia. Me parecía que tenía que aparecer El Paradero e hice crecer la idea entre un grupo de amigos y clientes lejanos a la literatura que me lo compraron en la fe de que yo podría haber escrito algo. Gente que no tenía nada que ver con la literatura en Osorno. Amigos, clientes, que pensaban que podía haber escrito algo, interesados o que sorprendidos querían ver qué había escrito”.

La dedicatoria es a su hijo Rodrigo Augusto. ¿Era una ironía el señalar su segundo nombre?

No es una ironía. Me decidí a publicarlo por él, al momento de la publicación tenía 16 años y era estudiante en el Instituto Nacional. Es que cuando a algún profesor se le ocurría pasar lista con los dos nombres le caían infaltables camoteras. Entonces tal vez por eso publiqué el libro. Para dignificarlo y por eso sale su fecha de nacimiento. Nueve días antes del golpe.

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Capitolio de sobreviviente
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¿Tuvo algún momento de encantamiento mientras estudiaba en Santiago?

Es que la sensación del ambiente era espantosa. Es que era un mundo vigilado y las relaciones eran muy sospechosas en esa época. Era difícil vivir en Santiago. Éramos un capitolio de sobrevivientes. Casi no existía conversación porque todos estábamos sumidos en un profundo miedo. Gonzalo Millán también era compañero de escuela pero él llegó después, el año 1974.

¿Y cuál es su recuerdo de Millán?

Estuvo como un semestre. Era brillante el hueón. Éramos cursos tan chicos que Mario Góngora nos hacía clases a los tres: Gonzalo Millán, Eugenia Brito y yo. Con la Diamela Eltit estudiábamos a Gabriela Mistral con Cedomil Goic y éramos los dos únicos alumnos. Y la primera vez que nos encontramos con Goic estábamos en el ala de geología, allá por Blanco Encalada, en la parte de atrás de Beauchef, donde estaban los anfiteatros para los ingenieros. Y éramos tres. El profesor y nosotros dos. Y al salir de clase nos fuimos caminando con Diamela hasta 10 de Julio. Estuvimos conversando un rato hasta que ella me dijo que se iba porque tenía que tomar micro. Ella vivía en la calle Doctor Brunner. Después nos hicimos muy amigos pero siempre ahí nomás. Ese era el nivel de desconfianza que habían impuesto los militares.

¿Y de la toda gente que participaba en el departamento humanístico de Beauchef, estaba Enrique Lihn? Quiero decir, ¿Usted lo conoció? ¿Tuvo clases con él?

Sí, Enrique nos hacía clases de Lautremont a la Diamela y a mí. Enrique Lihn y Ronald Kay dirigían el seminario sobre Rimbaud donde iban los otros profesores también. Y yo estaba a cargo del protocolo, y no pude llegar porque me llevaron detenido. Y ya después mi regreso fue muy diletante.

¿Y cómo recuerda a Lihn?

Yo lo conocí cuando él debe haber tenido unos cuarenta años pero yo lo veía terriblemente viejo.

¿Y a qué se debía eso?

Lo que pasa es que era malagestado. Era desordenado. Recuerdo que le salía espuma por la boca a veces. Tengo una imagen de Enrique Lihn después del Golpe. Me lo encontré por azar en el Parque Forestal y venía muy desencajado y me dijo: “chucha hueón, está la cagá”. Él venía de las quemas de libros que estaban haciendo en las torres de San Borja el 21 de septiembre del 73.

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El Golpe

¿Y dónde le tocó el Golpe?

El día 10 de septiembre de 1973 yo había estado con mi padre en el Congreso con un diputado comunista —porque mi viejo tenía asignada una citroneta y estábamos haciendo las gestiones para que se la otorgaran rápido—, y Rubén Zapata que era diputado por Osorno le dijo a mi papá: “Ernesto, váyanse hoy mismo si pueden porque el Golpe viene esta semana”. Y no alcanzamos a sacar la citroneta. Nos levantamos a las siete de la mañana del once en San Bernardo y mi hermano mayor —que trabajaba en la radio Luis Emilio Recabarren— cayó ese mismo día preso. Cuando nos levantamos la radio ya no estaba al aire, y comenzamos a saber todo lo que estaba pasando y no pudimos salir de San Bernardo. El martes fue el Golpe, y el miércoles se levantó el toque de queda por una hora, y el jueves ya se levantó por cinco horas. Mi suegro nos llevó hasta Rancagua. Dormimos y luego nos fuimos conejeando en buses rurales hasta Talca. De ahí nos fuimos hasta Los Ángeles para dormir un par de días. Y finalmente tomamos un tren hasta Osorno que nos sirvió de salvoconducto por el pasaje. El toque de queda era a las nueve de la noche y nosotros llegamos como a las nueve y media.

¿Y cómo fue el toque de queda y la represión militar en Osorno?

Acá desapareció mucha gente. En el puente que está en la carretera, entre Río Bueno y Osorno, sobre el río Pilmaiquén ejecutaban gente y la tiraban al agua. Una de las pocas personas que se salvó tirándose al río fue una ex alcaldesa —Blanca Ester Valderas Garrido— de Entre Lagos que murió hace poco. Ella se escapó y luego contó su historia en un libro.

¿Y su padre tenía alguna militancia política?

Mi padre había sido del partido liberal pero se puso inmediatamente en contra de la dictadura.

¿Y usted cómo llegó a militar en el MIR?

Primero tuve un paso previo por las Juventudes Comunistas. Ahí vendía El Siglo y jugaba ping pong; eran como unas divisiones inferiores. Y el discurso del MIR me pareció mucho más serio. Yo entré a militar a los quince años.

¿Y cuál era la presencia del MIR en Osorno?

Acá, si bien los dirigentes eran jóvenes que venían egresando de colegios profesionales, el MIR tuvo mucho apoyo con la llegada de intelectuales a la sede de la Universidad de Chile en Osorno. No eran militantes pero fueron un apoyo fundamental. El MIR fue fuerte aquí pero era un globo inflado nomás. Lo único que teníamos era declamación y palabrería pero cero base real como para mantener el discurso de la lucha armada. Para mí fue algo terriblemente irresponsable.

¿Usted pensó que vendría una respuesta armada al gobierno de la UP?

Para mí siempre estuvo claro que todo iba a terminar así. Recuerdo que en ese viaje en que volvimos a Osorno mi padre se acordaba que él había creído que los milicos iban a entregar el poder en un año o a lo más en dos años y yo le dije: “estás hueón papá, ni en veinte años”. Y así fue. Fueron diecisiete y Pinochet siguió en la medida de lo posible como decía Aylwin.

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Preferiría no hacerlo

¿Y por qué dejó de escribir?

Para poder vivir. Nada más. No quise seguir escribiendo. Para mí el sentido estaba en vivir poéticamente pero no vivir en el mercado. Lo que pasa es que el trabajo intelectual comenzó a perder su sentido para mí. Éramos sobrevivientes en el alcohol. Aunque aún vivía con Diamela y Raúl —que eran propositivos— y me invitaron a formar el CADA, yo no quise entrar. Compartíamos ideas pero me faltaba fuerza para acompañarlos. Y yo me refugiaba en el grupo de Jorge Teillier.

¿En la Unión Chica de la calle Nueva York 11?

Claro, ahí dejábamos pasar el tiempo. Y también teníamos el refugio López Velarde de la SECH. Éramos puros dispersos. Vagabundos de la nada.

Y del grupo de la Unión Chica, ¿me podría hablar un poco?

Rolando Cárdenas era gran amigo mío. Dormí varias veces en su casa en la calle Teatinos y me despertaban sus gatos. También íbamos a Nueva York 11 con Álvaro Ruiz, Aristóteles España, Jorge Teillier y muchos otros. Una vez estuvimos tomando toda la tarde con Carlos Trujillo, Raúl Césped, y Jorge Teillier se había quedado dormido en la mesa. Y de repente Trujillo le pregunta a Teillier: “Quiero que me diga, ¿qué es para usted ser poeta?”. Y Jorge, con la chispa del curado, se levanta y responde: “Ser poeta es lo mismo que ser alcohólico, se es todo el día, o no se es”.

Por último, ¿Por qué no quiso entrar al CADA? Usted estuvo en el momento justo y en el lugar preciso de la historia varias veces pero nunca buscó el reconocimiento. ¿A qué se debe esa elección?

Porque se da conmigo nomás. Esa una cuestión de piel. Raúl Zurita y Diamela Eltit se dedicaron a trabajar en eso y ahora tienen obras consolidadas. Pero yo le perdí fe a la literatura. No le encuentro mucho asunto. O sea me sigue gustando, leo, no tanto como antes, pero el problema es que la literatura no sirve para cambiar nada.