CUENTOS DE INMIGRANTES

“La nostalgia se convierte en un sujeto particular. Arraigado en lo más hondo del ser se cuenta una historia, o varias, que de a poco van tejiendo una ficción sobre lo íntimo... el extrañar”.

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Presentación de “Cuentos de Inmigrantes” de Pía González Suau.
Por Nicolás Poblete Pardo.

“La misma calle con distintos nombres”.
Estos cuentos de inmigrantes exponen una muestra de “personajes” que están muy cerca de sus “personas”. Y, consecuentemente, sus “ficciones” perfectamente podrían ser vistas como “testimonios”. Esto es porque la representación de estas narraciones resulta vívida y cercana para cualquier observador atento de esta ciudad. Santiago es el crisol donde convergen los personajes de estos relatos…
Acá tenemos a madre e hija subsistiendo con sus picarones después del suicidio del padre, y la posibilidad de nuevos horizontes en Chile. La voz narrativa se embarca en un viaje, solo con el dato de una conocida que trabaja en un café de dueño argentino. Ella describe: “Me presentó a su jefe. Un argentino con buena pinta, alto y con olor a colonia rica. Le gusté, yo no quería hacer de puta, que era lo que al fin y al cabo, se terminaba haciendo en el Paraíso… No tengo nada contra las putas, pero me aburría venir a ha¬cer lo mismo que podía haber hecho en mi país”, confiesa la protagonista, quien, dicho sea de paso, es virgen. El café, llamado, irónicamente, Paraíso, y que deviene prostíbulo, es el crisol que le permite a la voz exponer sus percepciones del nuevo espacio urbano: “Me salió este viaje a Chile y partí sin pensarlo dos veces. El viaje lo hice en bus. Dos días aburridos e interminables. Cuando llegué al terminal olía a pobre, igual que en mi país pero este era un olor más dulzón, menos picante”.
En muchas secciones de este volumen se describe o, más bien se evoca el sabor de la comida. Este tipo de recuerdos nostálgicos nos habla del afán de sentirse parte de una red social. Es un anclaje que permite perpetuar la identidad. El sociólogo Richard Sennett en su libro “El extranjero” escribe dos ensayos sobre el exilio; el primero de ellos en torno al gueto de Venecia; el segundo sobre la vida de Aleksandr Herzen, el gran reformista ruso del siglo XIX, exiliado en Gran Bretaña. Una de las observaciones de Sennett respecto a Herzen destaca: “Más que sucumbir a la nostalgia y la autocompasión, Herzen trató de dar sentido al desplazamiento y lo cierto es que abrazó esta idea como un modo de vida. Esta adopción hizo de él un hombre moderno. El desplazamiento y la dislocación se convirtieron en emblemas del arte moderno…”.
El escenario urbano y moderno de la capital es un espejismo, pues lejos de ser una piscina democrática, aquí vemos con horror los intentos humanos por traspasar trabas que parecen pertenecer a la revolución industrial. En este contexto el capitalismo chileno se representa con toda su ferocidad, transformando los cuerpos en mercancía y en desechos. En el cuento “Volver” se retoma la figura materna, una luchadora que entierra a un hijo y atestigua el suicidio de su marido, un evento ya descrito en el primer cuento de la colección, “Menesteres”, que termina con un incendio que quema sus pertenencias. La pregunta que surge acá es: ¿Qué es lo que queda? ¿Qué permanece cuando todo se quema? O, para ser más directos, ¿cómo se altera la identidad propia cuando todo es despojado?
Por ejemplo, en el cuento “Volver” se relata un aborto. Es prácticamente un trámite que no se detalla. La voz narrativa dice: “Me subí a una camilla. Cerré los ojos y aguanté el dolor. Es¬cuché el ruido de las herramientas que movían en mis entrañas. También sentí lo que me arrancaban.

"Volvimos en micro”.
El universo de estos cuentos está plagado de experiencias vitales y desvitalizadas. Vemos a coreanos que trabajan como chinos. Vemos a vendedores circulando por la Alameda, a inmigrantes en las esferas bajas de la sociedad que deben trabajar como empleadas, prostitutas; se instalan en la plaza de Armas como bastión y símbolo de pertenencia. Acompañamos el trayecto de una limeña llamada Milagros que recibe el apodo de “la Cholita”, y de un chileno que ama México y canta rancheras en el centro de Santiago… Tenemos a “negros”, como se los denomina, y los prejuicios que provocan en los otros quienes, no por ser inmigrantes, son más tolerantes o desprejuiciados. Por ejemplo en “Con el diablo adentro” tenemos a María Soledad. “¿Y si le digo de una vez que me lo muestre? apuesto que este negro no tendría problemas y se baja los pantalones altiro. Se asus¬tó de su pensamiento, pero no por eso no se sintió decidida”.
Esta es María Soledad, obsesionada y erotizada por el negro que le hace un masaje capilar. A modo de lema transversal al que se anclan estos allegados, leemos: “Aquí tratamos bien al forastero”, otra de las ironías que revela el pasar de estos personajes en permanente resignificación. Ellos deambulan intentando esquivar la pobreza; buscan un horizonte, buscan fortuna y buscan olvido; olvido de penurias y de pasados precarios. Y también hay una búsqueda por un sentido, visto desde una esfera privilegiada. Acá tenemos señoras de clases alta llenando sus tardes con clases de yoga, tejido o aromaterapia. Una denuncia sutil es lo que vemos en el pronunciamiento de uno de los relatos: Una mujer que piensa que a una de sus amigas del grupo de batik “le encanta ir con una extranjera de copiloto”.
Una mirada particular es la que recorre estos relatos; se trata de una mirada combativa, pero no panfletaria; una voz atenta y detallista que hace resaltar cada narración con descripciones vívidas de los espacios por los que circula. En cada narración vemos más que una historia, más que personajes perfilados como personas. Gracias a la mirada inmigrante podemos contrastar lo que muchas veces pasa de largo para los ojos acostumbrados, sedados y abúlicos; para esos ojos indiferentes que prefieren no ver lo que otros tienen que vivir en carne propia: una historia nada agradable que comienza a perfilar los contornos que nos identifican como chilenos, con abundantes cuotas de discriminación y banalidad.

Inmigrantes
Presentación de Mili Rodríguez

Muchísimas buenas noches a todos. He leído este libro de Pía González Suau, y la admiro profundamente a partir de esta lectura.

“Cuentos de inmigrantes” me importa mucho, porque yo fui extranjera durante 16 años, en la que considero mi segunda patria, Ecuador. No me decía a mí misma inmigrante, quizás desplazada, quizás autodesplazada, después de los horrores del golpe militar en Chile. Ser extranjera, para mí, fue la paciente costumbre de contestar siempre, de dónde era, por qué había llegado a Quito, si Quito me gustaba, etc., todo con una cierta suficiencia de “nosotros estamos mejor que ustedes”, cosa que por supuesto era cierto. Pero encontrarse siempre con esas preguntas. Ser distinta. Hablar y vestirse de otra manera. Ser extranjera. La otra pregunta que se repetía de una manera realmente masiva era: “dígame: ¿Allende se suicidó o lo mataron?”
Cómo iba a saber uno.
Pero es inquietante, yo diría terriblemente inquietante, cómo la mayoría de los personajes de este libro –que no sé llamar libro de cuentos o novela- tienden al suicidio. A una forma urgente de la autodestrucción. Ellos han superado un último límite. Ellos son extranjeros, desplazados, inmigrantes, y no cuentan –en la gran mayoría de los casos- con la insuperable bondad con que fuimos recibidos los chilenos en tantos países del mundo, los que nos fuimos, cuando nos fuimos.
Con el eufemismo de una época feroz, cuando a mí me preguntaron en la frontera, por qué me iba: yo dije: “por razones sentimentales”.
Ellos, al venir aquí, están construyendo algo casi desde la nada, desde una ilusión llamada Chile.
Siempre he pensado que vienen los mejores. Los vemos todos los días. Yo personalmente los veo con gratitud, con afecto, con la certeza de que pese a todo, el mundo cambió, este país cambió. La xenofobia chilena se ha manifestado bastante desde que llegaron a Chile cientos de miles (¿cuántos serán?) de peruanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, argentinos, españoles. Pía González escribe sus historias con amor, con empatía, con la necesidad, también urgente de decir algo. ¿Por qué se lanza al metro una niña peruana que vino a trabajar, a vivir y a trabajar, en este país? ¿basta con una desilusión amorosa para empujarla a ese abismo?
Yo creo que no. Que es un lugar muy común lo que voy a decir, y una verdad nefasta. Es que los chilenos no somos ni la mitad de hospitalarios y buenos anfitriones, se podría decir, de lo que creíamos. Y otro lugar aún más común: a los chilenos les gustan los extranjeros cuando son altos, rubios y no tienen problemas de cash.
En esta ilusión llamada Chile –hay que reconocer que el trabajo de los encargados de nuestra Imagen País ha sido muy exitoso- caben y no caben estos inmigrantes, estos nuevos chilenos, esta diversidad que nos enriquece. En mi infancia, una vez vi en Ahumada, a un negro alto y delgado que era seguido poco menos que por una multitud, especialmente de niños. Era algo demasiado raro. Por lo demás, se les decía “negritos”.
Y ni hablar de los indígenas, como si nunca hubiéramos sido indígenas.
El libro de Pía González Suau tiene la nobleza de ver al otro. Hay una definición de amor que es realmente linda: amar es VER al otro. Y para eso hay que convertirse un poco en el otro, responder a la gentileza con gentileza, por ejemplo.
Uno de los elementos más interesantes de su libro es que también hay aquí chilenos que migran, chilenos que huyen y también llegan a la autodestrucción, pero no es casual que un llamado telefónico y una frase llena de necesidad y de amor, como decir: “Soy yo”, pueda revertir el daño de la cobardía, de la fuga, porque en este caso, si generalizáramos, los chilenos tienen dónde volver. O por lo menos es lo que podríamos esperar de ese final feliz, uno de los pocos de estas narraciones.
Y lo otro, es cómo un libro de cuentos o relatos va circulando en sí mismo y va poniendo en contacto a sus personajes, que en un cuento pueden ser protagonistas y en otro, simplemente testigos. Cómo un libro de cuentos, en ese desdoblarse, duplicarse, entrar en un juego de espejos, se puede convertir, a su modo, y de una manera brillante, en una novela. En una novela coral, como suele decirse.
Porque no todo es moraleja y anécdota aquí, no sólo humor negro y de repente tragicomedia, muy en el fondo. Hay un trabajo con la forma, un trabajo que a mí personalmente me parece impecable. Sucede que no se trata (y aquí también voy a hablar bastante en primera persona) exactamente del tipo de escritura que prefiero, porque fui formada en Borges y Cortázar y deformada en el sentido de una revelación, por Bolaño y Martin Amis, es decir que estoy del lado de una literatura más coqueta, por así decirlo, más metida en la forma, con una especie de adoración a la forma y todo lo que de metáfora y oxímorom y elipsis y juegos tiene como posibilidad la literatura. “Cuentos de inmigrantes”, pienso, se juega en la estructura, en la arquitectura, y sobre todo, pero sobre todo, en el ser o no ser de sus valientes personajes. Se juega en la audacia, en la verdad y el amor.

Info adicional

  • Título: CUENTOS DE INMIGRANTES
  • Autor: Pía González Suau
  • Serie: Narrativa
  • Colección: Cuento
  • Páginas: 138
  • ISBN: 978-956-260-698-1
  • Año: 2014
  • Formato: 13,5 x 21 cm
  • Encuadernación: Rústica
  • Sobre el autor:

    PÍA GONZÁLEZ SUAU
    Artista visual, licenciada en Artes Plásticas, Universidad de Chile.
    Dedicó quince años al trabajo como Productora y Directora de Cine, además de su trabajo como artista visual. Ha recibido la beca Fondart en dos oportunidades y su trabajo plástico
    ha sido expuesto en diversas muestras personales y colectivas.
    Desde 2008, año que publica Libreta de Familia (Ed. Cuarto Propio) se dedica a la escritura, siendo Cuentos de Inmigrantes (Beca Fondo del Libro) su segunda publicación.