VOCES JUDÍAS EN LA LITERATURA CHILENA

Este primer estudio sobre los narradores de origen mosaico en Chile aborda las voces de los escritores judíos desde los años 30 hasta la actualidad. Diecisiete autores han escrito relatos sobre la identidad judaica desde este confín del mundo, que configuran un corpus de veinte textos de muy diverso formato: cuentos, memorias, (auto)biografías, novelas autobiográficas, diarios de viaje, sagas y romances nacionales, novelas históricas y psicodramas.  En una sociedad aparentemente tan homogénea como la chilena, las huellas migrantes nos devuelven miradas extraviadas, generando un juego de alteridades que nos reconecta con nuestros orígenes mestizos, y nos sitúa en el mundo contemporáneo como una sociedad dialógica, dispuesta a trabajar sus prejuicios de etnia, clase social, género y religión.

Otras publicaciones del autor en Editorial Cuarto Propio:

ECLIPSE/ Jorge Scherman

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LA PARODIA DEL PODER: CARPENTIER Y GARCÍA MÁRQUEZ: DESAFIANDO

EL MITO SOBRE EL DICTADOR LATINOAMERICANO/ Jorge Scherman Filer

EL MAL ARCANO/ Jorge Scherman

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Presentación de Andrea Jeftanovic, abril de 2010

 Es un honor ser invitada a presentar el libro Voces judías en literatura chilena del académico Rodrigo Cánovas y del investigador y escritor Jorge Scherman. Es un honor por la esmerada trayectoria de los autores y porque es un libro al que he seguido su ruta. He visto al destacado académico Rodrigo Cánovas gestar la investigación, tuve la oportunidad de asistir como invitada a una sesión de su seminario en la Universidad Católica. Un trabajo que ha sido apoyado por Fondecyt y que lo hizo merecedor de la prestigiosa Beca Guggenheim para continuar su pesquisa en México. También, he seguido el trabajo del candidato a doctor y escritor Jorge Scherman; años atrás fuimos compañeros en el taller de Diamela Eltit, espacio en el que tuve la oportunidad de leer fragmentos y seguir el proceso que concluyó en su extraordinaria novela, Por el ojo de la cerradura, que también es parte del corpus del ensayo que hoy nos convoca. Luego nos cruzamos en la ruta presentando una mesa conjunta sobre la problemática de la voz judía, en la Conferencia de la Asociación de Estudios Judaicos Latinoamericanos celebrada en Tel Aviv, Israel, el año pasado.

Insisto en lo de las rutas, porque tras terminar la lectura de este necesario libro constato que Cánovas y Scherman aparte de ser rigurosos investigadores y críticos, son también iluminados cartógrafos; nos invitan a viajar por una historia que se desarrolla en el espacio y en el tiempo, en la movediza experiencia de un grupo de inmigrantes judíos que hicieron de Chile, de alguna forma, su tierra prometida. Una tierra que los refugió del acecho de los progroms rusos, del hambre y la pobreza de la entre guerras, de la temprana persecución nazi, de la pesadilla del Holocausto y del milagro de haber sobrevivido, de la opresión de los regímenes totalitarios de Europa del Este. Esta larga franja como un refugio del horror, o, a principios del siglo pasado, como un destino a al que algunos vinieron a hacerse la América, un país en paz para reconstruir sus golpeadas biografías, para tener un mejor pasar. Voces judías… es el canon de 17 autores que en sus escritos enuncian su lugar buscando zonas de enlace entre el mapa personal, el mapa de sus antepasados y el territorio físico que habitan. La identidad como una serie de placas que se friccionan buscando el punto cero de su energía o de su sinergia. Un punto cero que en la mayoría tuvo que ver con el gran movimiento migratorio europeo del siglo XX, también denominado “el siglo de los fugitivos”. Un territorio que estuvo entre 1914 y 1948 en el ojo del huracán de la violencia.

La historia no se devuelve sólo en el tiempo, sino también en el espacio, parafraseando el título del sugerente libro del geógrafo alemán Karl Schogel. La historia de los judíos, siempre ha sido una historia de errancia, de movimiento perpetuo que se inicia con Moisés en el desierto y se repite e través de los siglos con generaciones que han vivido violentos desarraigos, desplazamientos forzados. Peregrinar, exilarse, huir, simplemente viajar, es la marca que también se repite en estos autores de primera, segunda o tercera generación que ensayan en el espacio de la letra sus posibles orígenes, rescatan esas ciudades o aldeas que habitan como fantasmas en sus casas chilenas, ese punto de referencia sobre el que se gira la cabeza, como cuando en el templo se reza mirando hacia Jerusalén. En este caso las cabezas se giran hacia Vilna, Esmirna, Ulanov, y otras; pero luego se voltean hacia Av. Matta, Temuco, Valdivia, Santiago Centro, Ñuñoa, Las Condes, para hacer una particular ecuación.

Cánovas y Scherman nos proponen una “exploración de terreno” en el campo literario, allí donde se urden los sentidos, los discursos, los imaginarios. Leen con agudeza las retóricas individuales que se despliegan en cada texto conformando la particular hermenéutica para decir “soy judío en estas tierras australes”. Se escenifican diversas narrativas cartográficas en torno a la problemática de todo inmigrante, y en este caso de los judíos en la diáspora, que es un conflicto de fronteras. Pero se trata de esas fronteras invisibles, que discurren en nuestros mapas internos, que se manifiestan en nuestras lealtades y sentimientos de pertenencia: ¿Dónde comienza mi ser judío y dónde termino mi ser chileno? ¿Son mapas que se superponen, que se contradicen? En las fronteras se dan procesos de mezcla, transferencia y amalgama desde donde surge algo nuevo. La frontera ofrece un conocimiento de una cualidad particular. Pero como es obvio, en las fronteras también hay conflicto, tensiones. En muchos de los personajes se manifiesta un sentimiento de orfandad, citando un concepto que Cánovas ha utilizado en relación a la narrativa chilena, por no poder reconstituir el árbol genealógico de los antepasados. O bien, se repite la sensación de soledad del que es minoría, del que es incomprendido, rechazado. Yo que nací en un hogar mixto siempre me ha asombrado las categóricas opiniones que tienen las personas sobre los judíos, a diferencia de otros pueblos, como si dentro de ellos no hubiese la suficiente heterogeneidad que hay en todo grupo humano. Decir soy judío en Chile pocas veces es un dato neutro; a veces se asocia a una cadena de prejuicios, miedos, repudios. Por eso empatizo con algunos relatos de un Chile menos globalizado, menos plural que denuncia esa segregación. Por ejemplo sentí mías las vivencias de niña pequeña de las que hablan los relatos de Ana Vásquez Bronfman, que mira perpleja como sus compañeros juegan en el recreo al perro judío. Recuerdo, y permítanme esta anécdota personal, al profesor de historia universal en sexto básico abriendo el capítulo del conflicto bélico conocido como Segunda Guerra Mundial haciendo el siguiente chiste: “hay un partido de fútbol en una cámara de gas, ¿quién gana los alemanes o los judíos?... los judíos por ser locales”. Yo me sonrojé de rabia y de vergüenza pero no dije nada, al final de la clase un par de compañeros se acercaron a comentarle que yo era judía, me pidió unas tibias disculpas y me motivó a tener humor. En un establecimiento educacional privado paradójicamente un maestro de historia plantaba las semillas de un ignorante antisemitismo. Lamento no haber dicho nada en casa, lamento no haber sido una estudiante de esta época en el que un comentario así hubiese implicado algo en la comunidad escolar. Esto podría haber ocurrido con otras religiones o etnias, árabes, asiáticos, peruanos. Espero que Chile esté cambiando. Los movimientos migratorios nos muestran que en el complejo tejido social hay tantas formas de relacionarse, de creer, de ser, incluso de comer. La heterogeneidad religiosa, étnica nos solo nos da riqueza, sino también humildad.

El libro que hoy presentan Cánovas y Scherman es valioso en muchos sentidos. Abre una nueva línea de investigación en la disciplina, la de la huella del expatriado, en especial el no-hispano, en la producción literaria chilena caracterizada por un profundo mestizaje. En este caso de la inmigración de una pequeña colonia de no más de veinte mil habitantes pero que ha generado un corpus literario rico y diverso que gatilla, como dicen los autores, miradas extraviadas. En cada capítulo ellos se abocan a sugerentes interpretaciones de una multiplicidad de registros (novelas, memorias, cuadernos de viaje, álbumes familiares) que pueden leerse o escucharse simultáneamente conformando un paisaje cultural. Los paisajes culturales son como grandes textos. Cada época o generación deja tras de sí sus jeroglíficos. Paisajes o textos, relatos interrumpidos que invitan a resolver el enigma asociado, a leer hacia atrás formas petrificadas. Estas narraciones nos dice a nosotros lectores: lean itinerarios, son más precisos. Cánovas y Scherman atentos a los paisajes y a los itinerarios nos llevan por el rumbo de los aventureros que se echaron a navegar por el ancho mar, obedeciendo al impulso de salir al mundo. Individuos que discurren entre aquende y allende. Luego, el otro itinerario marcado por el trauma, autores que dejan atrás un mapa europeo tachonado de lugares de dolor. El desplazamiento de muchos que no llegaron a ninguna parte porque descendieron a los infiernos, o bien quedaron como pasajeros con un dígito tatuado en el antebrazo y escriben en un idioma prestado, en una segunda lengua rebelándose contra el destino de la víctima seriada. Más adelante, los autores de las últimas generaciones que se sumergen en la búsqueda de los eslabones perdidos de sus genealogías siguiendo la carta náutica de una costa sin todos sus faros. Incluso, sujetos que llevan la condena de la errancia, que se manejan en varias lenguas y habitan en diversos lugares quizás conservando únicamente, después de todo, su identidad judía.

Pero es un libro relevante más allá del ámbito literario, que debería interesar a todo ciudadano, porque muestra como un grupo de inmigrantes se inserta en el país develando algo que nos cuesta asumir: que en Chile no se quiere bien al forastero. O al menos no de un modo tan fácil; tememos al diferente, somos escandalosamente endogámicos. Y por supuesto, pone en el tapete otra evidencia, que la comunidad judía debe mejorar su integración en la sociedad chilena. Debe abrirse a repensar la inevitable mixtura sin verla como asimilación. Abrirse a las múltiples formas que existen de ser judío. Este libro precisamente tiende puentes, arroja hilos para urdir diálogos en una era en la que las naciones y las sociedades son mosaicos con miles de piezas. En consecuencia, múltiples son las voces que habitan este libro:

 

judíos laicos
judíos con un fuerte apego a la tradición
judíos que se sienten una pizca de judíos
judíos que siguen todos los ritos
judíos benefactores de la comunidad
judíos que odian el Estadio Israelita
judíos que no se integran a la comunidad local y viven en verdaderos guetos
Judíos en tensión entre las dos ramas diferentes de sus familias de origen
judíos fuertemente comprometidos con la causa sionista
judíos que sienten ambivalencia respecto al Estado de Israel
judíos que oscilan entre la filiación comunitaria y la filiación política; pero al fin y al cabo judíos todos. 

Cada uno insiste en una forma determinada de inscribir las huellas digitales de su experiencia con sus raíces, con esa identidad ancestral, que es creencia, cultura, una o varias lenguas, determinados rituales, una cosmovisión, un sistema de valores, una herencia; tanto más. También hace importante este libro el hecho de que es parte de una investigación que sigue también el rastro de la inmigración árabe en Chile, abriendo otra compuerta para un urgente diálogo en nuestro país y en el Medio Oriente. La literatura permite en el tamiz de la palabra la posibilidad de ponerse en el lugar del otro, de comprender sus procesos, sus traumas, sus pérdidas.
Agradezco a los autores Rodrigo Cánovas y a Jorge Scherman entregarnos en este libro un generoso e inédito ejercicio de la memoria y la identidad, que demuestran el valor y la importancia de la literatura como plataforma, como dice Elizabeth Jelin, para que la experiencia vivida en forma subjetiva pueda ser culturalmente compartida y “compartible”. Una memoria que ‘materializa’ los sentidos del pasado en un cántico coral que en novelas, memorias, diarios hablan de las fisuras de ser chileno, de ser judío, de ser latinoamericano, de ser un sujeto contemporáneo.

Info adicional

  • Título: VOCES JUDÍAS EN LA LITERATURA CHILENA
  • Precio: 4.900
  • Autor: Jorge Scherman; Rodrigo Cánovas
  • Serie: ENSAYO
  • Colección: Crítica literaria
  • Páginas: 208
  • ISBN: 978-956-260-504-5
  • Año: 2010, 1ª edición
  • Formato: 18 x 13
  • Encuadernación: Rústica
  • Sobre el autor:

    Jorge Scherman Santiago (1955), es economista y escritor. Master en Economía, University of Toronto (1987); y Magíster en Letras, Mención Literatura, Facultad de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile (2001). Ha publicado Sócrates despliega el arco iris (novela, Red Internacional del Libro, 1994), Por el ojo de la cerradura (novela, 1999); La parodia del poder: Carpentier y García Márquez, desafiando el mito sobre el dictador latinoamericano (ensayo, 2003); Eclipse (cuentos, 2005);El mal arcano (novela/ensayo, 2008).

    Rodrigo Cánovas Ph.D. Literatura Hispanoamericana, The University of Texas at Austin.

    Especialización: Narrativa Hispanoamericana. Sus investigaciones se centran en torno al diálogo cultural latinoamericano y sus interferencias: literatura y dictadura, censura y marginalidad, utopías y orfandad. En este ámbito, ha escrito ensayos sobre la novela chilena de la dictadura, la crónica indígena andina, sobre sexualidad y cultura en la novela hispanoamericana, y los relatos de inmigrantes de origen árabe y judío.