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AULAS QUE PERMANECERÁN VACÍAS
de Martín Faunes Amigo
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Publicado por Editorial Cuarto Propio, es el tercer volumen de la serie "Las Historias que podemos contar", una sustantiva contribución a la memoria y un antídoto de calidad contra la amnesia que frecuentemente afecta a la historia que, en este caso, haciendo gala de literatura de excelencia, rescata la vida de algunos de los profesores que cayeron enfrentando a la dictadura.
El editor y autor de muchos de los relatos, Martín Faunes Amigo, hace unos nueve años fundó y dirige el colectivo “Las historias que podemos contar”, compuesto en su mayoría por escritores y personas que participaron en la lucha contra la dictadura, quienes se han empeñado en recuperar la historia de los que en esa lucha no lograron sobrevivir.
Entre los profesores que dejaron tan alta vara están: Lumi Videla, María Elena González, María Cristina López, Luis Justino Vásquez, Claudio Jimeno, Manuel Guerrero, Federico Zagal, José Manuel Guggiana, Óscar Sanhueza, Nilton Rosa Da Silva, Luis Fernández, Rubén Morales Jara, Federico Álvarez, Padre Gerardo Poblete, Humberto Lizardi, Rosetta Pallini, Gastón Vidaurrázaga, Cristián Cartagena, Frida Laschan, Héctor Maturana, Julio Brewe, Gladys Marín, Arturo Barría, Mario Ramírez, Marta Ugarte, Luis Mahuida, Einar Tenorio, Danilo González, Julia Retamal, César Ávila, Jaime Vásquez, Carlos Fajardo, Juan Heredia, Elsa Leuthner, Pedro Emilio Pérez, Jorge Peña Hen, Luiz Carlos de Almeida, María Arriagada, Bernarda Vera, Luis Maturana, Luis Lobos, Fernando Ramírez, Vicente Palominos, Luis Sanguinetti, Ramón Leiva, Patricio Sobarzo y Germán Cuello.
Las historias fueron escritas a varias manos, entre ellas las de Martín Faunes, Hilda Espinoza, Lucrecia Brito, Pablo Varas, Nieves Fuenzalida, Ana Marín Molina, Juan Carlos Díaz, Roberto Castro, Violeta Bagnara, Edgardo Carabantes, Pablo Artaza, Ignacio Vidaurrázaga, Óscar Aguilera, Manuel Guerrero, Olimpia Riveros, Orlando Jara, Facundo Leylaf, Gilda Waldman, Begoña Eguiluz, Lucía Sepúlveda y la conocida historiadora María Angélica Illanes de la Universidad Austral de Valdivia.
El libro fue presentado en la Biblioteca Nacional en diciembre 2008 por la profesora Olimpia Riveros, el abogado y ex diputado Andrés Aylwin y el sociólogo Manuel Guerrero Antequera. Posteriormente en enero 2009 fue presentado en el marco del Primer coloquio de investigación social contemporánea de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Concepción, en la Feria del Libro Internacional de La Serena, y el martes lo será en la Sala de Exposiciones de la Dirección de Extensión Cultural de la Universidad de La Frontera en Temuco.
Reseña de Aulas que permanecerán vacías, libro de “Las historias que podemos contar”, que aparecerá en junio en la revista “Nomadías" del Centro de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, escrita por la académica Carla Peñaloza Palma.
“AULAS QUE PERMANECERÁN VACÍAS”
Editorial Cuarto propio
Recordar, volver a pasar por el corazón, es un ejercicio que puede ser tan doloroso como estimulante, dependiendo de la perspectiva que uno adopte y este es el primer gran mérito de Aulas que permanecerán vacías, libro editado y coordinado por Martín Faunes y que reúne cuentos, poemas, ensayos, entre otros que nos recuerdan a los profesores que lucharon y murieron durante la dictadura, desde los afectos de quienes de una u otra manera les fueron cercanos.
El filósofo Giorgio Agamben ha señalado, a propósito de los trabajos de la memoria en torno al Holocausto, que los sobrevivientes tienen precisamente la vocación de recordar y en este libro quienes los evocan son de una u otra manera sobrevivientes. Compañeros, amigos, hijos, esposas, que a través de sus palabras intentan traernos al presente las historias de los ausentes. En ese sentido, este es un libro necesario, que otorga el espacio a esta vocación de memoria, imprescindible en tanto que al mismo tiempo que recuerda, repara.
Sin embargo el mayor mérito, a mi juicio de este libro es que no es ni pretende ser una crónica de la represión. Lo que está en medio de estos escritos, no son historias de muerte, sino de vida, la de todos los días, no sólo la de gestos heroicos, sino de esos pequeños actos cotidianos que en definitiva hacen grandes e irremplazables a sus protagonistas.
Podemos recorrer en sus páginas la historia de la muchacha joven que va al cine con su prima, al mejor bailarín de las fiestas, al “coca-cola”, a la mujer que le da pecho a su hijo en medio de una reunión política y por supuesto a todos ellos en su labor de maestros de indiscutible vocación y preocupación por sus alumnos. Aquellos que con entusiasmo los alentaban a estudiar, a mostrarles otros mundos, organizaron orquestas infantiles donde parecía imposible, o preparaban con ahínco la celebración de las fiestas patrias, ellos, los mismos que paradójicamente fueron acusados de “traidores a la patria” por la dictadura militar.
En el libro encontramos historias de profesores anónimos, que cumplían su labor docente y política en apartados lugares del país, junto a otros que por distintas circunstancias se nos han quedado fijos en la memoria, como Lumi Videla, Jorge Peña, Gladys Marín, entre otros.
Pero esto no significa que estemos ante un anecdotario, sino ante un trabajo de la mayor importancia, en la medida que otorga rostro y alma a las frías estadísticas de las víctimas de la dictadura y creo que es precisamente el deber de nuestro tiempo. Evitar lo que señala Todorov “La cantidad despersonaliza a las víctimas y en un instante nos desensibiliza: un muerto es una tristeza, un millón de muertos es una información”1. De ahí la importancia de estos relatos que nos hablan de mujeres y hombres comunes y corrientes, irremplazables, por cierto, pero ni héroes ni santos, seres humanos en definitiva que por su compromiso político y social fueron asesinados por el terrorismo de estado.
Tal vez por esto mismo es que el título sea tan acertado. Estas aulas de las que habla el libro, nunca dejarán de estar vacías pues la represión no sólo atentó contra sus cuerpos, como tampoco su pérdida es sólo una cuestión que se circunscribe al dolor familiar. Sus ausencias –que son numerosas- privaron a toda una sociedad de sus aportes intelectuales, de su vocación por el magisterio y de sus proyectos de justicia social. Un daño irreparable, que podemos percibir cuando vemos el estado de la educación chilena, otrora ejemplo de calidad, equidad y movilidad social.
Todo esto nos hace pensar en que es un libro necesario, y tal vez sin querer un impulsor de nuevas iniciativas como esta, que surge de un colectivo-“las historias que podemos contar”- prolífico que con esta completa su tercer volumen. Si bien el lector notará una pluma irregular entre las distintas historias, podemos decir también que es fruto de la fortaleza que tiene el trabajo colectivo y que se supera gracias a la delicada labor de su editor y coordinador, Martín Faunes, que además nos deleita con las historias de su autoría y que por suerte no son pocas.
CARLA PEÑALOZA PALMA |